La primera interacción con el mundo, sus enseñanzas y desafíos es a través de la familia. Es ese núcleo duro al que uno no escapa, estamos marcados a nivel genético no solo en los rasgos sino en la personalidad. Mis reflexiones están pobladas por diálogos con la imagen mental de familiares dándome sus consejos. De entre ellos hay una figura silenciosa, mi abuela paterna, alguien que no recuerdo me haya tratado de decir algo con palabras.

Mi primer duelo y reflexión sobre la vida fue con su fallecimiento, tenía seis años de edad. El mayor apoyo y único amor incondicional que conocí en mi vida falleció con una cantidad de años vividos sólo conocida por Dios, no tenía partida de nacimiento, había venido de chica de Santiago del Estero como hija de una mujer aborigen y de alguien al que le decían el Turco, seguramente un vendedor de baratijas como supiera representarlo Florencio Molina Campos. Murió en lo que le tocó hacer desde que era chica, de sirvienta. Doña María desconocía lo que eran fines de semana, días libres, obra social y tener empleo en blanco. No conoció la infancia tampoco la escuela pero sí supo aprender a leer y escribir con los diarios del kiosco de revistas en el que paraba siempre para charlar con Don Coco después de recorrer, el ahora extinto, Mercado local de Moreno. Aún hoy es parada de mi viejo y mía para charlar ahora con su hijo, viva imagen del kiosquero de antaño. 

Mi padre me cuenta que su cuarto era chico, con unas sábanas que podrían haber sido mejores trapos que parte de una cama. Quien terminara siendo mi padrino, uno de los hijos del patrón, durante el entierro le dijo a mi viejo “¿qué más quería? Tenía todo lo que necesitaba y apenas si trabajaba al final”, nunca le perdonó esas palabras. Cuando tocó el momento de revisar las pertenencias mis viejos se dieron cuenta que no dejó atrás prácticamente nada, alguna que otra foto, un perfume que si lo vuelvo a oler recordaré cómo era abrazarla, alguna muda de ropa y un acolchado tejido a mano por mi bisabuela que mi viejo aún usa. El dinero lo usaba para comprarme infinidad de regalos (aún tengo varios), traía comida porque el dinero no alcanzaba siempre. Ella llegó a tener un broche de oro en algún momento, nunca supe su origen pero supe su destino, se lo dio a mis padres para que compren una humilde casa en La Reja. Esa morada fue la primera del lugar, el quinielero de al lado en sus años de juventud me contaba que cuando recorría el lugar no había nada excepto pastizales, liebres y esa casa. Vivían unos gauchos me decía, luego fue almacén y luego terminó con mis viejos.

Mi madre no se llevaba del todo bien con ella en vida, pero fue quien me enseñó que a las personas se las reconocía por sus obras, y mi abuela dejó las suyas. Algunos fines de semana íbamos a limpiar su tumba, cortar la maleza, limpiar los cerámicos, poner flores frescas, cambiar el agua, rezar por su descanso. Siempre estuvo agradecida por haber sido una abuela enorme en el poco tiempo que pudo verme a mí y a mi hermano. Pasaron unos años y dejamos de ir, poco tiempo después mis padres empezarían un largo divorcio. Seguí yendo de vez en cuando, era mi escape de muchos momentos. Un poco de tiempo más adelante el otro hijo del patrón, padrino de mi hermano, decidió poner sus cenizas en el mausoleo de la familia en el mismo cementerio. Era de esperarse de él una vez fallecido su padre que seguramente se resistió a la idea de compartir espacio. Su recuerdo más querido es con mi abuela esperándolo con la comida hecha cada mediodía cuando se escapaba de su despacho a unas cuadras. Fue su segunda madre pero en un primer lugar.  

Gracias a ella aprendí el valor de estudiar pero también de velar por quien eligiera ese camino. Le preguntaba, en sus recorridos para ir a hacer las compras, sin falta a amigos y gente cercana cuándo se recibiría mi papá. Fue sólo tras su muerte que mi viejo dio el último esfuerzo para recibirse. No dejo de admirar su vida, reflexionar sobre ella y extrañarla como si se hubiera ido ayer, después de todo se volvió mi inspiración y ejemplo a seguir. Si me tentara en sufrir las pocas adversidades que tengo por delante sólo me queda recitar alguna de las frases que le decía a mi viejo, y luego él a mí… Podría ser peor.



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